11/11/2016

"Porro birra sube pepa"

Me lo dijo el Negro Gonza, una noche que estábamos escabiando en el Newbery, viendo un partido que jugaba el Laucha. Yo lo escuché al pasar, como escucho casi todo. El Negro era muy sabio en algunas cosas (es, no se murió, pero no lo veo hace mucho tiempo).

Entonces una noche, yendo a La Mágica, me acordé de esa secuencia. Habíamos colado media y estábamos muy bien ya, sí. Pero yo quería estar mejor. Entonces fumamos unas flores, fumamos más de lo normal. Y tomamos cerveza, más de lo normal. "Porro birra sube pepa". El Negrito tenía razón.

Esa noche tocaron Los Palmeras en La Mágica. La risa empezó porque, en la parte de arriba de Groove, un flaco alentaba y gritaba como si estuviera viendo jugar a Maradona. Y me empecé a reír, solo. Me reía y la risa se dilataba. Cada vez me reía más y más. Se lo mostré a los chicos, señalándolo, porque no podía ni hablar. Y se empezaron a reír. Se reían como yo, en la misma sintonía.

Me reí con toda la boca, me reí como no me había reído nunca en la vida. La boca se me abría hasta límites nuevos, sentía que se me iba a romper de tan grande que estaba. Y no podía parar de reírme, y los chicos lo mismo, y nos agarramos los tres porque no podíamos más. La gente nos miraba, la gente siempre te mira. Y no podíamos parar, estábamos ahogados. Fueron unos cuantos minutos de risa constante. De felicidad.

Esa noche empezó algo que dura hasta hoy. Nos sacamos una foto, los tres. De fondo se veían otras personas, entonces hice zoom sobre la cara de un flaco y la recorté. Se la mostré a los pibes y explotamos de risa otra vez. Todo era motivo de risas. Entonces, todavía hoy, cada vez que nos sacamos una foto miramos si alguien salió atrás y lo recortamos para que quede solo. Siempre hay alguien.

La escena de la risa se volvió a repetir. De hecho se sigue repitiendo. Cada vez dura menos, cada vez se apaga más rápido. En la vida me voy a olvidar de la primera vez, igual. Las primeras veces no se olvidan, dicen. En este caso aciertan. Me reí muchas veces, sobrio. Me reí hasta llorar. Pero nunca, jamás, me había reído como esa vez. Era el alma la que se reía, era mi espíritu riéndose a carcajadas, usando mi cuerpo como expresión. Y era tanta la risa que el cuerpo casi revienta.

A donde quiera que estés hoy, Negro querido, te abrazo. A la distancia. Porro birra sube pepa, Negro. Lo sé muy bien ahora. Vos también. Demasiado, quizás.

A bailar, vecinos. A bailar que se acaba el mundo...

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