8/17/2016

Para la mujer que una vez me dijo que escribía lindo

Una vez conocí a un escritor que sólo había vendido un libro en toda su carrera. Compartimos unos cuantos vasos de cerveza mientras él fumaba un cigarrillo atrás de otro. Habremos estado unas tres o cuatro horas, pero alcanzó para que me cuente casi toda su vida. Era la época en la que todavía se podía fumar en los bares, y en la cual yo todavía me dedicaba a cerrarlos.

Me contó que un día, después de veinte años, se cansó de trabajar en una empresa que fabricaba colchones e hizo que lo echaran. Con la plata de la indemnización se pasó casi un año encerrado escribiendo un libro, el libro que había querido escribir siempre. Después de ese tiempo, gastó lo que le quedaba en la edición y publicación del mismo. Un mes después estaba en la ruina.

El hombre que sólo vendió un libro, también amó a una sola mujer. Soledad se llamaba. Ella fue su compañera durante muchos años, hasta que un día la abandonó. Me dijo que él mismo no soportaba su frustración, y que no quería seguir contagiándola a ella, así que un día se fue. Le dejó la casa con todas sus pertenencias y se mudó a un monoambiente en Balvanera, donde alquilaba.

El libro, en cuestión, se llamaba "Los espacios en donde vos no estás". Esa misma noche me regaló un ejemplar y unos pocos días después lo leí, y la verdad es que el libro era muy bueno. Narraba la historia de un hombre que dejaba absolutamente todo lo que lo ataba y se iba a vivir a Brasil, a cumplir el sueño de poner un bar en la playa. Pero las cosas no salían como lo planeado y el hombre terminaba suicidándose. Lo llamativo es que, lamento no recordar la cita exacta, decía algo así como que se mataba de felicidad.

En un momento de la noche, el hombre se puso a llorar. No a lagrimear, sino a llorar como un nene. A llorar como cuando se llora de dolor. Pensé que lloraba porque le había ido mal con su libro, que lloraba porque estaba borracho. Pero pensé mal. Me contó que la única mujer a la que había amado, Soledad, había muerto, y que venía del velorio. No la veía hacía años, desde que la había dejado. Me contó que lo llamó el actual marido, diciéndole que le parecía correcto avisarle.

Recién ahí pude entender por qué estaba tan bien vestido. Me comentó que el velorio fue en la casa donde ella vivía con el marido, la misma casa en la cual ellos supieron amarse durante tantos años. Estuvo un rato al lado del cajón, mirándola. Después cruzó algunas palabras con los familiares y se fue a recorrer la casa. Me dijo que no sintió tanta tristeza hasta que entró a un cuarto que usaban de estudio, donde él se sentaba a escribir y ella pintaba.

Ahí cortó la charla, se paró como para irse y me dejó unos billetes para pagar las cervezas.

- Encontré esto. Te lo regalo, ojalá te guste -me dijo.

No hizo falta que preguntara qué era, enseguida pude ver las letras negras sobre la tapa verde. "Los espacios donde vos no estás", rezaba el título. Cuando quise decirle algo, él ya se había ido. Abrí el libro para leer algunas partes, y recién ahí pude entender sus lágrimas. En la primer hoja, en la dedicatoria, decía:

"Para Soledad, que una vez me amó y me dijo que escribía lindo".

Y más abajo, a mano alzada, ella había escrito:

"Todavía lo hacés. Todavía te amo".