5/26/2016

Mateo

El 8 de agosto, del año pasado, falleció mi abuela. Creo haber contado, más o menos, cómo lo viví. A partir de su muerte (o de su internación, mejor dicho), empecé a pensar distinto acerca del más allá. Siempre fui bastante escéptico en cuanto a lo divino, pero desde su muerte que algo cambió en mi. Ella debe haber sido la mujer más creyente que conocí en mi vida. Iba a la iglesia todos los días, a esa misma que tanto aborrezco. Tenía más de 80 años y, sin embargo, trabajaba todos los días, junto a sus compañeras de Cáritas, para que a los que no tenían nada le llegue algo.

Obviamente todo esto fue causado por su muerte. Mi cabeza empezó a procesar de otra forma las cosas porque busca convencerse de que ella está descansando en paz, y no quiere tener la idea de que su cerebro se apagó para siempre y su existencia no está más que en nuestros recuerdos. ¿Por qué hablo en tercera persona? Y quizás descansar sea eso, quizás la vida eterna de verdad sea el recuerdo de los seres queridos.

Un mes después de su muerte, exactamente un mes después, llegó a la familia una noticia hermosa. Mi hermano y mi cuñada, que viven en Córdoba, estaban esperando un hijo. Era el momento justo, sinceramente. Mi mamá había quedado destrozada después de la muerte de mi abuela porque se sentía muy sola (había perdido a su papá y a su hermana ya, y sentía que no tenía a nadie más de su familia), y el hecho de que llegue un nuevo ser le hizo recuperar la sonrisa.

Hoy, 25 de mayo, nació mi sobrino. Se llama Mateo (como el apóstol).

Todo esto es para llegar, simplemente, a lo que quiero expresar.

No sé muy bien en qué creo ni en qué quiero creer, no sé si existe el más allá, si hay señales divinas, o cualquiera de ese tipo de cosas. Simplemente no sé. Lo único que sí sé, es que un día hubo muerte y tristeza en esta familia, y tan sólo un mes después hubo vida y alegría.

La muerte dio paso a la vida, así como así, y hoy brindamos porque un alma nueva viene a llenar de esperanzas nuestras vidas.

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