3/11/2016

Rubia II

Un año después, creo, me habla al MSN. Desapareció un año, un año sin hablar, y me habla como si fuésemos amigos de toda la vida. Y me siento cómodo hablándole así. Hablamos todos los días, toda la noche hasta cualquier hora. Me cuenta que se peleó con el novio y yo sumo dos más dos cuatro. Me pide perdón por haberse cortado tanto tiempo y siento que ya no me importa. Pasa menos de una semana y la tengo metida en la cabeza. En una de esas tantas charlas me contó que se había peleado con el novio. No recuerdo por qué, debe ser porque la verdad es que no me interesaba el motivo. Yo seguía con la misma chica. Seguía triste, atrapado, seguía sin poder dejarla aunque quisiera. De todo esto hablábamos en esas noches eternas. Ella en Caballito, yo en Ciudadela.

Una noche, debía ser verano por el calor, nos vimos. Nos encontramos en Haedo, en el Auditorio Oeste. Tocaban Las Pastillas del Abuelo, así que fui con dos amigos y nos encontramos con ella y una amiga suya allá. Fue uno de los mejores recitales de la banda que fui. Habíamos tomado y fumado mucho afuera, y adentro también vendían. Era la primera vez que la veía después de habernos dejado de hablar tanto tiempo, y no se notaba. Hablábamos, nos reíamos y parecía como si fuésemos íntimos de toda la vida. Nos dimos unos besos borrachos, y creo que le toqué el culo de prepo, mientras ella me sonreía y torcía la mirada en señal de falso enojo.

Pasaban los días, y las charlas se picanteaban. Estaba más que claro que quería coger conmigo, y yo no podía estar más feliz. Después de eso nos volvimos a ver en Goa, un boliche que hay en el centro porteño y que por aquella época tenía barra al costo: $2 cada lata de cerveza. Era la gloria. Nos veíamos con sus amigas, con mis amigos, y nos emborrachábamos hasta la médula. Bailábamos, nos dábamos besos, nos tocábamos. Me acuerdo una vez que estaba muy borracha, y que un chico le dijo noséqué, y le partió un vaso en la cabeza, ahí nomás. El pibe se le vino al humo y yo iba a saltar, pero un patovica lo sacó enseguida. Todavía me acuerdo de cómo me reí esa noche.

A la tercer o cuarta vez que fuimos a Goa, ya nos despegamos de todos. Estábamos en los sillones metiéndonos manos por todos lados. En esa época, todavía, me excitaba mucho que una mujer me encare. Y ella lo hizo muy bien.

La próxima vez traemos plata y nos vamos a dormir a otro lado.

Éramos muy pibes, ninguno de los dos tenía un mango en esa época. Así que encaré al Pela, un amigo que siempre salía con plata, y le pedí $100 para el telo. Me dio $200 y me fui feliz. Arreglé con la Rubia, y me dijo que a su amiga le gustaba un amigo, que le diga y nos íbamos los cuatro. Lo gracioso, me enteré tiempo después, es que yo le dije a otro amigo, me confundí, pero la amiga de ella agarró viaje igual. Salimos los cuatro y nos tomamos un bondi hasta Caballito. En el medio del viaje, ella tiró que mejor vayamos a la casa de ella. Y fuimos.

Cuando estábamos en la cama y se sacó la remera no lo podía creer. Sus tetas me parecieron mucho más chicas de lo que aparentaban, pero eran perfectas. Me hundí en su pecho y no pude respirar ni un segundo de tanto que se las chupaba. Sentía que la tristeza que arrastraba se esfumaba con sólo morderle muy despacio los pezones. Su amiga y mi amigo estaban en un colchón en el suelo, abajo de unas sábanas, pero poco nos importaban. Al rato bajó y me la empezó a chupar, me pasó la lengua por todo lados mientras yo me tapaba la boca para no gritar. Después bajé yo, y la historia fue parecida.

El sexo, en sí, fue todavía mejor. Se me subió arriba y se movía de una manera hermosa. Después la di vuelta y quedé yo arriba, y después ella, y después yo. Nos revolcábamos constantemente, y esa cama de una plaza parecía la más grande del hotel más caro de Buenos Aires. Al rato, andá a saber cuánto, me dio ganas de mear (consecuencias de coger muy borracho). Fui al baño y volví lo más rápido que podía, porque nos dimos cuenta que la madre estaba en la casa cuando pensábamos que no. Cuando volví, me dijo al oído "dámela así, mojala un poquito". Y no pude decirle que no. A los pocos minutos exploté sobre sus tetas.


Al otro día nos levantamos los cuatro al mediodía, más o menos. No tenía ni un gramo de resaca. Ella estaba hermosa, sí que lo estaba. Y yo me sentía bien, después de tanto tiempo. Cocinamos algo y comimos todos juntos. Cuando me iba, me agarró de la cara y me dio un beso largo. De esos que te dejan en orsai. Le sonreí, y quedamos en hablar en la semana.

1 comentario:

Alma vacía dijo...

Creo que fui sonrojándome mientras lo leía...
¿Y? Quedé intrigada.