4/01/2015

La chica que nos besaba en los recreos

Salgo de mi casa y empiezo a caminar. Estoy borracho. Cada vez me cuesta más ponerme borracho. Me subo el cierre de la campera porque levantó viento fresco a pesar del calor. Ciudadela está oscura, como siempre. Las luces de la capital no saben cruzar la General Paz, entonces la cruzo yo. Cuadras donde no pasa nada, ni nadie, y aparece la primera avenida. Control policial, te miran mal. Siempre nos miraron mal. Éramos pibes, andábamos caminando otros barrios. Te paraban, veían que eras de Ciudadela, te relojeaban de arriba a abajo y te preguntaban qué hacías tan lejos de tu casa. Hijos de puta, nunca entendieron nada. Éramos pibes, iba con Juan en bicicleta hasta Ramos Mejía porque las pendejas de allá eran más lindas que las de acá. En esa época siempre era “allá” y “acá”, y por eso nos agarrábamos a piñas, porque los de allá se creían mejores. Era agarrar la bicicleta y ser feliz. Sentir el viento en la cara, pedalear a toda velocidad. Colectora, Gaona, Diaz Velez y llegar a la plaza de la estación. Nos poníamos a fumar porro que le comprábamos a los pibes más grandes en el colegio, y si nos quedaba alguna moneda le pedíamos a algunos de los que paraban en la esquina que nos compren un Termidor. Y nos tirábamos en esa plaza a hacernos mierda, y pensábamos que estaba bien. A la distancia lo entiendo. Diez años después, lo entiendo.

Avenida Beiro, acá empiezan las luces, los bares, los restaurantes, los locales de ropa, más líneas de colectivo, más presencia policial. Cuando estoy borracho se me hace leve el caminar, siento que floto, no me canso. Entro a un bar, me miran mal. Me quieren emborrachar, y por eso me miran mal, porque ya estoy borracho. Estoy mal vestido, también. Mal vestido para ellos. ¿Quiénes son ellos? Los paquetes de siempre, los que nunca entendieron nada del mundo y se creen los dueños. Viene el mozo a decirme que no hay lugar, cuando el bar está casi vacío. Le sonrío, y salgo. Camino algunas cuadras más, compro una cerveza en un quiosco y cruzo a sentarme en la plaza. Pienso en Juan, en esas tardes en la plaza. La vida no fue justa con él, la vida no es justa con nadie. Hermano querido, cuánto te extraño. La gente nos veía y nos señalaba, como me señalan esta noche, como me van a señalar para siempre.

Cruzo a comprar otra cerveza, el pibe que atiende no deja de mirar el celular ni para cobrarme. ¿Por qué sigo tomando si mañana tengo que ir a trabajar? Vení, Juan, volvé. Ayudame a entender esto que me está pasando. Ayudame a entender por qué entiendo algo que nos pasaba hace diez años y no algo que me pasa esta noche en esta plaza. Mañana no voy a ir a trabajar. La madrugada avanzó demasiado sobre mi alma y el alcohol sobre mis venas. Hay una pareja tomando un helado en un banco. Parece que hace poco se conocen, él se esfuerza en ser gracioso y ella suelta una risa en medio de cada silencio ¿Cuántos no pueden tener una chica que se les ríe porque no tienen plata? El mozo que me echó no puede tenerla si esta noche nadie se apiada de él y le da una propinar. ¿Cuántas chicas ahí afuera prefieren al del auto nuevo que al gracioso del grupo? Así funciona, algunos tienen y otros no.

Nosotros no teníamos, pero en aquella época no nos importaba. A Juan no le importaba. No se imaginaba lo que era la vida que nos esperaba. A nosotros, a los de abajo, a los que no nos espera ninguna otra vida. No soñabas con que la rubia esa que te daba besos en los recreos años más tarde se iba a dar besos con otros. Con todos, con todos esos que vos quisiste ser y no pudiste. No llegaste. Fracasaste. Y como vos hay miles, siempre los hubo. Y todos esos que sueñan, se la pasan soñando. Suben al 21 a la mañana y sueñan, sufren diez horas por día y sueñan, se emborrachan con el poco sueldo que tienen y siguen soñando. Y muchos sueños se consumen en esa vida chata, ahí nomás. Todo lo demás queda afuera, la vida se reserva el derecho de admisión y permanencia. Y muchos salen de caño, hacen lo que pueden porque ellos también quieren estar un domingo a la noche tomando un helado con una chica en una plaza. Porque acá si no tenés nada no servís. Cuando no tenés nada cada avenida tiene un policía que te para, cada bar tiene un mozo que te echa, cada plaza una chica que no te mira. Y cada pibe bien vestido tiene una de esas chicas. Menos vos. Y esa chica puede ser tu hermana, tu amiga. Esa rubia que tanto te gustaba, Juan, ahí se va. Ahí se te escurre de las manos.

Vuelvo caminando, despacio. Las luces de la ciudad me iluminan la espalda, adelante sólo me espera oscuridad y calles sin asfaltar. Faltan pocas horas para que amanezca. En un rato los despertadores obligarán a los soñadores a seguir muriendo, a entender que la ruleta les tiró una vida para siempre, y que hagan lo que hagan no la pueden torcer. Y yo pienso en vos, Juan. Que quisiste tener todo de golpe, quisiste vencer a este azar de mierda que cayó sobre nosotros y no pudiste. Nadie puede. Una bala en la cabeza te mostró que ese no era el camino. Ya voy a llegar a casa, y me voy a tirar a dormir. Porque yo también necesito soñar antes de volver a subirme al colectivo. Soñar con plazas donde los chicos no necesiten fumar porro y tomar vino porque saben el futuro que les espera, soñar con plazas donde todos podamos volver a amar a esa chica que nos besaba en los recreos.

1 comentario:

Alma vacía dijo...

No sé si fue porque de fondo puse "tristeza de un doble A" para leer. O si fue esa frase "y sueñan". O que fui a esa plaza y caminé calles que no conozco. No sé qué fue. Pero quedé triste, hecha pedazos.

Y no, no soy robot.