3/09/2015

Mi vida al 27 rojo

Camino apurado, pisando con fuerza las baldosas mojadas. No tengo a dónde ir, pero necesito caminar rápido para poder pensar. Hace un rato que nos peleamos, nos gritamos cosas horribles y creo que algo se rompió en el camino. Y hablo en pasado, pero lo siento en presente. Siento sus gritos aturdiendo mis oídos, su rostro bajo lágrimas clamando algo que no sé bien que es, su boca escupiendo injurias, reclamando un cielo al que no soy capaz de llegar. Lo siento, ahora mismo, mientras cruzo con el semáforo en verde y obligo a un auto a frenar de golpe mientras el conductor me insulta. Pasó hace un rato, hace instantes, pero lo sigo padeciendo. La prueba de convivencia con mi novia fue un fracaso. No sirvo para esto. "No servís para esto" siento que alguien me dice al oído. Miro al costado y estoy yo mismo, mal vestido, riéndome de mi propia desgracia. 

Y cada vez camino más rápido, y cada vez el destino es más confuso.

De repente se largó a llover, el agua golpea ferozmente a este barrio indefenso. La gente empieza a correr, buscan un techo para refugiarse. Yo sigo a la intemperie, me siento cómodo así. Si algo se empieza a derrumbar, entonces que se venga la ciudad abajo. Que se termine de venir mi vida abajo, porque no soporto que siquiera lo más mínimo quede en pie, porque entonces tendría que salir a pelear por eso en vez de relajarme y dormir sobre los escombros, tendría una excusa para despertarme todos los días y no la quiero tener.

Ahora camino lento, más que lento, casi torpemente. Veo como una película todo lo que pasa a mi alrededor. Una señora de tapado blanco acaba de abrir un paraguas enorme, parece una sombrilla, y casi le clava una punta en el ojo a un pibe que está en otro planeta con unos auriculares enormes, los comerciantes que empiezan a alertarse unos a otros por una posible inundación, los automovilistas que buscan el árbol más cercano para tratar de escaparles a las inminentes piedras, que se ve que van a venir, y que van a arrasar con todos por igual, tengan la patente que tengan. Los veo a todos, en cámara lenta, casi en stop-motion, con música de fondo. Una vez una amiga me dijo que le gustaba escuchar música clásica con auriculares en el centro porteño, que le daba risa sentir esa paz y mezclarla con la gente alborotada que corría torciéndose para no rozarse. Así me siento ahora, mientras sigo caminando.

"Necesitás un trago, Nicolás" vuelve a decirme mi espejo que camina junto a mi desde hace tantos años. Necesito un trago, pienso. Pero no puedo tomar. "No podés tomar, Nicolás", siento la voz de mi madre. Que no está, pero que habla siempre en mi cabeza. Estoy tomando pastillas para controlar los nervios. ¿Y para qué mierda sirven esas pastillas? Si me sigo sintiendo igual de mal que siempre. O peor. Sí, un trago vendría bien. Y digo un trago pero son varios tragos, y no hablo de bebidas blancas, hablo de cerveza. Como aquella vez que viajábamos a la Feria del Libro y ella se bajó del colectivo llorando. No me acuerdo por qué, seguro la lastimé con alguna idiotez que dije, porque siempre digo idioteces cuando algo algo me desborda. Y yo me bajé dos paradas después, volví hasta donde ella estaba, esperé a que venga el colectivo de vuelta pero no subí, le dije que me quedaría dando unas vueltas y me despidió con un beso en la mejilla. Esa tarde, por primera vez en mi vida, necesité un trago. Y fueron cinco cervezas, una atrás de otra sin parar, y cuando salí estaba borracho y solo, por las calles de Flores, y me sentí bien.

Los recuerdos me hacen caminar más rápido, voy chocando a la gente por el camino. En realidad no hay camino, porque no hay destino. Mastico bronca, miro mal e insulto por lo bajo. Estoy deseando que alguien me conteste algo para reventarle la cabeza contra el cordón. Soy una bomba de tiempo a la cual el relojito hace tiempo que se le pasó a negativo. Me encantaría gritarle bien fuerte a alguien mientras saco sangre de su cara con mis manos. No soy violento, pero si no puedo tomar necesito descargar este terror de otra manera, vaciar el dolor. "El tipo que se agarra a trompadas es porque no puede llorar", la voz se me hace familiar, me doy vuelta y está un escritor de un taller literario al que iba. Trato de hablarle, pero no sé qué decirle. Nunca sé qué decir.

De repente veo luces, muchas luces, levanto la cabeza y estoy en la esquina del Bingo de Ramos Mejía. Bien, algo es algo. Necesito algo para calmar mi ansiedad, algo que surta efecto inmediato. Que el accionar sea ya, que venga el golpe y enseguida sentir el mareo. El alcohol cumple fielmente, pero a falta de alcohol bueno es el azar (que de azar no tiene nada). Un par de tiros a la ruleta y ganar o perder (siempre perder) pero ya, así, rápido, tan rápido como mi ansiedad desea. Estoy por cruzar y siento una risa malvada, y una voz que habla por lo alto. "Miren todos, miren al escritor", veo en la puerta del bingo a mi ex novia, que está borracha de alegría. "Miren al futuro de la literatura argentina. No puede ni con una carrerita de facultad y cree poder controlar su vida". Camino rápido hacia ella, con más bronca que nunca, pero desaparece, el agua que deja la lluvia la arrastra. Tanta agua y tan cerca de casa.

Las casas de azar tienen condimentos que no se ven en ningún otro lado, y por eso me gustan tanto. Un bingo no es un casino, pero tiene sus ventajas. Vino bueno y barato, camareras con polleras apretadas, todo está al alcance de la mano. Entro, saludo al hombre que oficia de seguridad y me dirijo directo a la sala de ruletas electrónicas. Apuesto al 27, siempre el 27. Sale, primer pleno de la noche. "Bien, Nicolás, bien, afortunado en el juego desafortunado en el amor" me dice un amigo sentado a dos ruletas de distancia, pero cuando lo miro bien en realidad es un viejo que está gritando que las máquinas están trucadas. Eso lo sabemos todos, al menos los que venimos seguido. Pero no interesa, no nos interesa saber que vamos a perder. Al contrario, justamente, venimos acá para perderlo todo, para terminar de perderlo. Ya perdimos el alma en vida, perdamos también esta mierda por la que tanto trabajamos y no llenó nunca ningún vacío. Aunque sí pagó el vino.

Sigo jugando, sigo ganando. Pegué tres plenos, tres, al mismo 27 de siempre. En menos de diez tiros, tres veces. Y sin embargo lo sigo jugando, ¿por qué? El instinto dice que no va a volver a salir tan rápido, si de diez salió tres, aunque la razón diría que tiene las mismas posibilidades de salir en cada bola. Lamentablemente ni el instinto ni la razón entienden de ruletas trucadas. Soy consciente de esto, pero cada jugada corono al 27. ¿Por qué seguir apostando a algo que sé que no va a salir? Te regalo la analogía de mierda, tomá, metetela en el orto. ¿Por qué tengo tanto odio guardado?, ¿por qué no puedo relajarme y disfrutar de un momento en paz? ¿Por qué ir al choque con la única persona que llega a entenderme de verdad? El neurólogo me mintió, dijo que estas pastillas me iban a hacer feliz, que me iban a curar todos los males. O quizás sólo me dijo que iban a regular una hormona que disminuye la actividad nerviosa de las neuronas, pero yo la tomé como salida, porque hace años que espero una salida mágica a la tristeza que siento, porque hace siglos que espero encontrar algo que me cure de una vez y me arranque del pecho este dolor que siento.

Se acerca una chica y se sienta al lado. Una mujer, debe rozar los treinta. Es castaña clara, muy clara, pero voy a mentir que es morocha porque le quedaría mejor. Tiene las piernas al descubierto porque porta una pollera muy por encima de las rodillas. Las cruza lentamente, o a velocidad normal, no sé, pero yo las veo lentamente. Levanto la vista y la encuentro mirándome. Trato de disculparme, no quiero quedar como un pajero, pero me sonríe. Juega a color, par, docena y columna. No sabe jugar. Perdón, ella juega, yo hago de todo menos jugar acá adentro. Le traen un trago largo, no sé qué es, son de esos tragos modernos que les gustan tanto a las mujeres. Debe tener vodka, no debe ser liviano. Ella no tiene pinta de que le gusten los tragos livianos.

- ¿Todo el tiempo jugás a lo mismo? -suelta sin dejar de mirar el monitor donde marca sus apuestas, mientras separa el sorbete de sus labios sólo para hablar.

En tan sólo unos minutos se dio cuenta que soy un ser repetitivo, que no se anima a nada nuevo, que le cuesta innovar. "Tranquilo, Nicolás, sólo quiere hablarte de algo" la voz salvadora es la de mi mejor amiga. No me interesa saber dónde está, con oír su voz me alcanza. Es dulce, tierna, tiene de esas voces que con tan sólo escucharla te hace sentir una caricia al alma.

- Yo no juego -respondo tardíamente, aunque tranquilo.

Ella larga un suspiro, que no se traduce en nada, que no significa nada. Otra vez sin mirarme, ya que sigue tildada en la pantalla pensando su próxima apuesta.

- ¿Querés un trago? -me pregunta ignorando mi anterior respuesta.

Trago, dijo trago. Trago dicen las personas que tienen problemas con el alcohol, los que son habitúes de tomar en situaciones que van más allá de lo social. También lo dicen las ratas, esos que sólo te ofrecen un poquito de lo que tienen. Tardo más en responder que en pensar la respuesta. Me molesta que me esté hablando, quiero estar solo. Necesito estar solo.

- No, gracias.
- ¿Por qué?
- No tomo alcohol.
- ¿Por qué?
- Estoy enfermo.

Larga una carcajada y posa sus ojos sobre los míos por segunda vez en la noche. Tiene los ojos más celestes que haya visto alguna vez, y alguna especie de maquillaje negro, de esos que jamás voy a aprenderme el nombre, le produce una sombra por debajo de los ojos que le hace resaltar aún más el color de sus pupilas.

Me suena el celular, son las diez de la noche. Es la hora de tomar la pastilla. Cuánto odio tener una alarma para cada cosa que tenga que hacer día a día, es como una cárcel que no permite relajarme. Estar pensando en que se acerca la hora, todo el tiempo, a cada rato, para hacer lo que sea. Me deprime.

Saco una servilleta que contiene tres o cuatro pastillas de emergencia, por si algún día salgo corriendo y no tengo el frasco a mano. La trago sin agua, sólo con saliva.

- ¿Y eso te cura? -me pregunta, otra vez sin mirarme.
- No. No sé. -titubeo, me empiezo a sentir mareado y con calor, hay mucha gente en este lugar.
- ¿Y por qué lo tomás?
- Porque quiero dejar de tomar.

Se vuelve a dar vuelta, se levanta de su silla y se acerca. Queda más alta que yo, pero sólo porque estoy sentado. Agarra su vaso, le saca el sorbete y se toma el trago raro en menos de dos segundos. Me la quedo mirando, no puedo dejar de mirarle los ojos. Se vuelve a sonreír, se agacha y me da un beso en la frente mientras me acaricia el pelo.

- Esto te cura -me dice señalando el vaso. 

Y desaparece entre la gente hacia la salida del lugar.

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