3/17/2015

Cosas que escribo para irme antes del trabajo

Estoy en la oficina y faltan veinticinco minutos para irme. A las tres y media se va mi jefa, cuatro y media la sigue la hija. La última media me quedo solo, y la aprovecho para leer, para escribir o para apostar por internet.

Hoy discutí con mi jefa. Siempre discuto, sólo que a veces internamente. Estaba atestada de trabajo, y yo estaba haciendo algo que no tenía nada que ver. Me dijo algo, de la nada:

- Yo no sé cómo harías vos si tuvieras que hacer todo esto, trabajas lento.
- Por eso lo hacés vos, y no yo. Y por algo te pagan lo que te pagan, y a mi no.

Y se quedó callada. Cada vez que subo el tono de voz y doy una respuesta directa, si devuelven un silencio, siento como que di en el clavo.

Estoy escuchando cumbia. Me gusta. Me encanta. "Cuando me muera quiero que me toquen cumbia" reza el borde de un libro en mi biblioteca. Este último año casi todos los viernes fue ir a bailar a La Mágica, una fiesta de cumbia en Palermo. Vendían vino con fanta, dos vasos de litro por $60, o algo así. Era una fiesta. Y tomábamos vino, fumábamos flores y bailábamos al ritmo de Mala Fama. Me acuerdo, tengo gravada la sensación. La risa loca, que todo te de vueltas, escuchar el ritmo latino, ese que te hace mover los pies solitos, mirar para arriba y sonreír. Ahí no había jefes que te griten, ni horarios de oficina, ni nada. Ahí ganábamos nosotros, los de abajo. Ese era nuestro territorio.

Me sonrío de sólo acordarme. Nos decíamos entre nosotros, lo bien que la estábamos pasando, después de una semana de mierda. Pero lo dejé, hace algunos meses. Esas noches pasaban facturas un tanto caras, de las que ya no estoy dispuesto a pagar. Perdía sábados enteros, peleas con mi novia por no poder levantarme. Resaca, vómitos, el riñón que a veces se aqueja. Ese que tengo operado y por el cual no podría tomar. Pero bueno, qué se le va a hacer...

Y tengo un tatuaje de Pink Floyd en el antebrazo izquierdo. Algunos me preguntan cómo puedo escuchar Pink Floyd y después Meta Guacha. No entienden nada, pobrecitos. A la gente que no entiende no hay que explicarle nada.

Hoy tendría que ir a la casa de Pablo. Corregí el último texto, ese que tanto había gustado. Arranco la facultad y no voy a poder ir otra vez. Pero no, hoy mis amigos van a San Patricio. No me interesan ese tipo de cosas, pero me prometieron mucha cerveza en la calle y me convencieron. Boludos los que le chupan la pija a las fiestas importadas, pero más boludos los que se escandalizan.

Me anoté en una privada. ISEC. Queda en el centro porteño. Lejos. El subte ayuda mucho. El primer día ya dijeron que no se podía ir con bermudas ni remera de fútbol, que "había que ir con una vestimenta acorde". Tenía ganas de decirles que era una idea demasiado fascista para un establecimiento educativo, pero se me adelantó una piba que no paraba de preguntar boludeces y dijo algo completamente complaciente y me pareció en vano volver al tema.

Faltan treinta y cinco minutos para irme. A veces me gusta escribir acerca de nada, te despeja un poco de cuando tenés que trabajar en un cuento. Es increíble cómo me cambió la forma de ver la literatura. La estructura, la forma, el punto de no retorno, el narrador. No entiendo cómo lo ignoré tanto tiempo. Supongo que pasa como con todo, uno lo estudia y pasa a entenderlo.

Tenía la idea de dejar de tomar, pero no puedo. Hoy me voy a hacer mierda, lo tengo planeado. Cuando tengo algo planeado me sale a la perfección (salvo cuando de a postar se trata).

Voy a volver a mi casa, de madrugada, mal, como siempre, mal, mal, mal, mal. Mal.
Y voy a escribir algo, y lo voy a subir acá.
Que nadie lo lea, que nadie se entere.
Que nadie sepa cómo soy.

Salú!

4 comentarios:

Alma vacía dijo...

No entienden nada, pobrecitos.

Alma vacía dijo...

No entienden nada, pobrecitos.

Alma vacía dijo...

No entienden nada, pobrecitos.

Alma vacía dijo...

No escribí tres veces porque la tecnología es una mierda.
Tres veces para que quede bien claro.