2/23/2015

Beber sí sé

Hablo Abro la heladera, despacio. No quiero que escuchen mis papás. Hace una hora volvimos del cumpleaños de mi abuela. Tomamos cerveza, mucha. En mi familia todos toman. Pero yo tomo más. Ellos se fueron a dormir, pero yo cuando empiezo a tomar no puedo parar. Entonces me abrí una de las tres que había en la heladera (porque siempre hay). Pero lo hago en secreto, no quiero que me escuchen. No quiero que se enteren. Deben saber, los papás siempre saben todo, pero no quiero que me vean. Me siento como un nene que a los ocho años enchufaba el Sega y se quedaba jugando en vez de hacer la tarea.

Esto debe haber empezado hace un par de semanas. Me había comprado seis cervezas un viernes a la noche. Cuando mi viejo me preguntó por qué tantas, le dije que porque no salía. Era una excusa válida. Pero me las tomaba muy rápido, no sé, se habían acabado tres y ni cuenta me había dado. Hasta que salí de la pieza, y de golpe, vi que mi vieja, en vez de servirse, tiraba un poco en la pileta de la cocina. No lo podía creer. Me enojé. La puteé y me fui dando un portazo, me fui a un bar y me gasté todo, seis gambas creo, me lo gasté y me agarré una de esas borracheras brutales. Volví a las diez de la mañana a casa, con la remera vomitada. No me acuerdo de nada. Si me trataban como a un enfermo me iba a portar como tal.

Pasaron los días, todo volvió a esa falsa normalidad que vuelven las cosas siempre. Un día hablé con mi viejo, de lo que siempre quise hablar y nunca me había animado. Alcohol, falopa, trabajo, frustraciones. Y me dijo, que el tipo que crece frustado no puede disfrutar de nada, que no sabe estar feliz, que los pocos momentos de alegría que tiene los tira a la basura. Que los agujeros que se le van formando en el cuerpo los llena de alcohol, y que cuando no alcanza se mete mierda por la nariz.

Mi viejo me hablaba, desde sus 55 años, y yo con 22 lo entendía. Y eso me hizo llorar.

Le entendía el vacío. Yo siento el vacío. El vacío de que es un domingo a la una de la mañana y me abrí la segunda cerveza después de tomar veinte mil en un cumpleaños. De que me atormentan las reuniones porque sé que voy a tomar y no puedo parar. Que no me gusta, ya no lo disfruto. De que el otro día, después de una semana de tomar todos los días seguidos, me temblaban las manos, me sentía mal, sucio. De que la cerveza ya no me llena y empiezo con el whisky. De que tengo una botella de dos mil pesos guardada en el galpón, y le doy de a tragos. De que siento que comprometo a mis viejos, que se dan cuenta. De que mi novia iba a venir a dormir conmigo, pero se dio cuenta, también, cómo estaba y no vino. Porque los demás no entienden. No entienden nada. Piensan que tengo tolerancia alcohólica y se ríen, piensan que está bien. Pero ella sí sabe, se da cuenta enseguida. Pero hoy me dejó solo, no vino a abrazarme y decirme que no siga, que sabe que así no estoy bien, que clave los frenos. Que me pongo violento, que discuto innecesariamente, que aumenta el sarcasmo, el cinismo. Me vuelvo un cínico.

Y no sé qué tiene que ver, pero cuando estoy borracho me siento y le pego a la máquina de escribir, o al teclado, o a todo. Como aquella noche que le pegué a la pared y me sangraban los nudillos, las manos, todo. Y con las manos sangrando me senté a escribir, con lapicera y papel, y la sangre se mezclaba con la tinta. Y me sentía bien, creía que estaba bien. Esa noche me dolían otras cosas, pero hoy no me duele nada, al menos a la vista, y sin embargo estoy casi igual.

Mañana tengo que ir a trabajar de algo que no quiero. Eso me duele. Supongo.

Escribir es como coger. O como acabar. Terminás satisfecho, te descargás.

Tomar es como soñar despierto.
Te abre la cabeza.
Te enciende las posibilidades.

2 comentarios:

Pablo dijo...

(Mejor callá la heladera)

Alma vacía dijo...

Me río. Y no es una risa, se le parece. Porque nace en chiste y después sabés que es cierto. Demasiado tarde. Y siempre hay algo en la heladera, en el ropero o (si tiene mucha graduación) en el freezer. Y más tarde llamás al dealer. Sos Dios. Todo vale la pena. Es todo tan efímero. La noche termina. Quisiéramos salvarla. No podemos. Hagamos algo. S a l v é m o s l a. No se puede. Nos lamentamos, arrepentidos. Nos quedamos sin plata, nos quedamos vacíos. Nos sentimos solos. A veces lloramos. Lloramos al sol que anuncia nuestro final, el principio de un triste día.

-Los placeres profundos son caóticos y destructivos-

No le pegues a la máquina. Y que ya no hable esa heladera.