2/10/2014

Una estrella en Federación

No puedo dejar de escribir. Desde el día que empecé que no pude, y creo que nunca voy a poder.

Desde hace unos días que empeoró. No puedo pensar en otra cosa. Sólo Anto me distrae, pero con las cosas que dice o hace sólo me genera más y más ganas de encerrarme y plasmar sus ideas en un papel.

El otro día estábamos tomando algo en Federación, Entre Ríos. Estábamos algo borrachos, y nos pusimos hablar como pocas veces. De todo. De sus amores, sus miedos, los míos, mis nervios, mi abuelo, su papá, nuestro amor, la muerte, la vida, la reencarnación, las estrellas. Esa estrella, la miraba y me imaginaba a mi abuelo. No sé por qué, yo no creo en esas cosas. Y me puse a llorar, y ella se levantó y me dio un beso.

Escribo esto sólo para despuntar el vicio. Me siento ahogado, pero de buena forma. Las ganas de escribir me rebalsan, se apropian de mi y me superan. Entonces trato de decir esto. Es como con el sarcasmo, o con la leche, no se puede juntar tanta porque te termina haciendo mal.

Después de pagar nos fuimos a caminar a la plaza. Yo ya me sentía mal, había tomado mucho más que ella. Paramos en un quiosco a comprar liyos, encendedor y aproveché para comprar dos cervezas más para cuando llegáramos a la posada, y una para el camino.

- ¿Dos para allá, estás seguro? Con una estás bien.

Y tuvo razón. Siempre tiene razón.

Pasamos por un hotel bastante lindo, que tenía una pileta que daba a la calle. Hacía mucho calor, y a ella le parecía una buena idea colarse y tirarse, sólo para refrescarse (apa, como está el Arse). Caminamos unas cuadras más hasta donde parábamos, nos cambiamos y volvimos. Estábamos en maya, en la calle, de madrugada y tomando cerveza. Pasó la familia "Ingalls" (así la describió ella) y nos miró con asco. Nos reímos. Volvimos al hotel y había seguridad, así que Anto desistió de la idea. No estaba tan ebria. Le dije que está bien, que volviéramos, pero apenas se dio vuelta me saqué las ojotas y me tiré de cabeza. Ni siquiera llegué a ver qué hizo o dijo el de seguridad desde adentro, ni sé si salió, pero me sentí tan libre. Salí, mucho más fresco, y volvimos caminando a la posada.

No escribí mucho, ni siquiera escribí algo como para colar en las historias que tengo por ahí. Pero sirvió. Bajé el tanque, ese que se va llenando cada vez más rápido y que tengo que vaciar para no estallar.

Mañana voy a la casa de Pablo, a la noche. "¿Qué Pablo?" pregunta Anto. "Pablo Ramos, amor". "Mandale un beso, y decile que ya descubrí que él es Gabriel". Sí, claro que él es Gabriel. Y yo soy Paolo.

Pablo Ramos, Gabriel Reyes, dice:

El hombre, que ha dejado de beber, otra vez derrapa en el alcohol, la cocaína y el sexo ciego. Pero también escribe: golpea ferozmente una máquina de escribir para aplastar a pura palabra el descomunal malestar que lo consume.

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