2/12/2014

María, la que aguanta todo

El otro día fui a la Facultad de Medicina a buscar a Anto. Había aprobado. Salió corriendo del aula y me dio un abrazo tan grande que casi me voltea. Estaba muy feliz. Después fuimos a comer, hablamos un rato y nos volvimos temprano porque había que armar los bolsos para la noche.

El viaje de vuelta era largo, así que me clavé los auriculares y saqué un libro que me prestó. "En cinco minutos levántate María", de Pablo Ramos. La novela trata sobre una mujer que sueña con su hijo y se despierta exaltada. Antes de que suene el despertador, se regala cinco minutos más en la cama mientras hace un repaso de su vida. Esos cinco minutos se extienden, cada vez son cinco minutos más. Y repasa su vida, pero por sobre todo su relación con sus hijos (en especial con Gabriel) y con su esposo ("este hombre), quién duerme a su lado.

Es la contracara de las otras dos novelas que comprenden la trilogía de Gabriel ("El origen de la tristeza" y "La ley de la ferocidad"). En los demás se ve la furia de Gabriel, la tristeza, la bronca, el alma muerte. Desde el punto de vista de la madre, conocemos el amor de Gabriel, la dulzura, la ternura, la sensibilidad.

Iba leyendo tranquilo hasta que llegué a una parte y me puse a llorar. Lloré desconsolado, ante la mirada atónita de todo el colectivo. Lloré, sufrí, me sentí horrible, y me pasó por primera vez algo con un libro: no pude seguir leyéndolo. Lo tuve que guardar, dejarlo en la mochila por varios días (después retomé y lo terminé, pero no pude volver a leer esa parte que tanto me dolió).

Transcribo la parte en cuestión:

Gabriel llevaba en la mano un barrilete de telgopor y tenía la cara sucia de chocolate. Llegué a él y casi se lo arranqué al gigante de los hombros. Me acuerdo que ese alivio y ese amor buscaron palabras dulces que decirle a mi hijo, pero no encontraron más que un reproche, un reproche absurdo, y le pregunté por qué me había hecho eso. La respuesta de Gabriel fue la puñalada más grande que alguna vez me haya dado la vida.

- Porque vos y papá siempre se olvidan de nosotros.

No sólo dijo eso, sino que me sostuvo la mirada, y pensándolo ahora, con esa mirada parecía anunciarme todo lo que iba a venir, todo lo que él iba a pasar, todo el castigo que iba a elegir tantos años de su vida. La droga, el alcohol, las mujeres que no le duran nada, el no poder disfrutar, todo encaja perfectamente en aquella mirada y en esa respuesta.

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