11/19/2013

Estaba meando. O intentando mear, no importa. Había una araña que bajaba rápidamente por una telaraña que había tejido previamente. Estaba a la altura de mi pecho, a mitad de camino de la pared. Pensé en matarla, en aplastarla contra los azulejos, pero me arrepentí. Desde chico me dieron pudor las arañas, siempre que veo una se me da por arrancarle la vida. La vi ahí, y dejé que siga bajando. Por alguna razón que desconozco me apiadé de esa araña que bajaba sin saber que su vida dependía de un movimiento de mi muñeca. Terminé de mear, feliz por la decisión que había tomado. Al momento de apretar el botón, descubrí que su telaraña pendía del mismo. Ya era tarde, ya lo había apretado y la araña había caído contra el suelo. Murió al instante.

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