9/21/2013

Primavera

Entré a la que sería mi última internación estando en pareja, con la relación prácticamente destruida pero en pareja. Aunque ella me iba a abandonar antes de la segunda semana, después de visitarme solo una vez, de ayudar a sostenerle la lengua afuera de la boca a un viejo alcohólico que le terminó vomitando en los zapatos guiso del mediodía. No la culpé. Pero la verdad es que cuando, a la otra semana, no vino, supe que la cosa se me iba a poner difícil. Primero porque de tener a quien esperar yo hubiera podido medir el tiempo de domingo a domingo (de visita a visita de ella); y segundo porque si uno no tenía pareja, lo que exigían los médicos era no tener ninguna relación sexual durante la internación, o sea, durante al menos un año.

Y cuando después de tres o cuatro meses, te dejaban salir los domingos para pasarlos en familia, el tiempo no daba más que para una prostituta, y una prostituta, de eso doy fe, era el primer paso. El segundo era el vaso de whisky.

Y es ahí en donde entra Lulú: una rubia de pelo pesado y abundante, de piel oscura, de ojos celestes, unos diez o doce años mayor que yo, que estaba internada desde hacía uno.

Nunca uses una 22 para suicidarte −me decía el ciego, y fue que justo entraba Lulú.
No seas mentiroso, drogadicto ─le dijo.
Me miró con los ojos que me iba a mirar siempre y me dijo que no le hiciera caso.
Era una treinta y ocho.
Los dos, el ciego y ella, se rieron, y después, bastante después, me reí yo.
Hija de puta─ fue lo primero que le dije

La primera noche la busqué y le dije que necesitaba hablar con ella. Hablamos de mí. La segunda noche también hablamos de mí. Y no fueron las mil y una noches sobre mí porque ella me dijo:

Hola, soy rubia. Estoy buena, pero existo.

Le sonreí y sin decirle nada comencé a escucharla. Habló de todo, de todo lo de ella y de todo lo mío. De cómo lo de ella era también lo mío: los hijos que por un tiempo no íbamos a poder ver, los buenos vinos que ya no íbamos a tomar. Las cosas buenas de la vida que nosotros, los alcohólicos (así dijo ella) convertíamos en malas.

Lo que más me jode, es que lo que es bueno para los demás es malo para nosotros.

Le dije que me hablara de las cosas que le gustaban y ella me habló de autos, de champaña en los autos, de las primeras horas de cocaína y placer, de las últimas horas de cocaína y dolor.

Cosas que te gusten, Lulú ─insistí.

Y entonces me habló de fútbol, de sexo, de hombres y de libros. Me dijo que prefería un escritor a un deportista, porque era más largo el después que el durante. Yo me reí más de una vez y la dejé hablar interviniendo muy poco hasta que nos quedamos en silencio.

Tres meses después la encontraron muerta. Había tomado sedantes con alcohol, y por las dudas, se había enrollado papel adherente alrededor de la boca y la nariz. Sola, en un departamento que compartía con el tipo que siempre aparecía para cagarle la vida. El mismo tipo por el cual dejó a su marido, el mismo tipo por el cual, una y otra vez, dejó su sobriedad. No fui al cementerio, no me puse a pensar hasta esta noche sobre mi responsabilidad, mi culpa: la culpa que siento, la culpa que tengo.

A la semana más o menos me llegó la carta. Era un sobre tipo encomienda, y dentro venía la nota. Una frase en realidad, que usé en una novela, pero fuera de contexto, en un lugar de humor, para sacarme de encima todo el terror contenido en ella. En letra manuscrita, con tinta celeste y un trazo de pluma envidiable, propio de quién ha recibido una educación que no descuidó la caligrafía, Lulú escribió una frase de amor:

“Fuiste mi primavera”.

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