4/08/2013

La chica de sonrisa larga que leía Kafka




Por consecuencias poco claras hace unos días a eso de las diez de la mañana me encontraba en un bar de Palermo desayunando un café con medialunas. Se me acercó una muchacha...

- ¿Está ocupado?
- Sí.

Se sentó igual y se pidió un Gin Tonic.

- ¿No es un poco temprano?
- O un poco tarde, depende desde donde lo mires.
- Te dije que estaba ocupado.
- Y sí, ¿no me ves?

Seguí tomando el café sin prestarle atención. Le trajeron el Gin Tonic y lo tomaba despacio.
Me miraba todo el tiempo y hablaba rápido...

- ¿Querés ir a la plaza?
- No te conozco.
- Que aburrido que sos.

Siguió con su trago hasta terminarlo. Empezó a jugar con las servilletas hasta que se cansó.
Sacó un libro de la cartera y se puso a leer.

- Quizás convivimos en el mismo laberinto de caminos misteriosos.
- ¿Te gusta Kafka?
- No, lo leo porque está de moda.
- Metamorfósis siempre estuvo de moda.
- A mi me gusta.
- Metamorfósis sirve para que las lectoras de Coelho no se sientan tan huecas.
- No leo Coelho.
- Seguís siendo una cheta de Palermo que la va de intelectual por leer Metamorfósis.
- Si querés te cito Artista del Hambre para que seas un poco menos pelotudo.
- ¿Querés ir a la plaza?

Y salimos.

Se puso los lentes y escondió sus ojos verdes pero rojos. Hicimos media cuadra y el semáforo nos obligó a frenar, la miré para decirle algo pero sus labios chocaron contra los míos y no me dejó. Fue un beso corto. Seguimos camino y me tragué las palabras.

Llegamos y se subió a una hamaca.

- Antes venía a la noche a fumar acá, ahora le pusieron rejas y no se puede. ¿Sabés que es lo peor de las rejas?
- ¿Que no se puede venir a fumar de noche?
- Los chicos crecen creyendo que es lo normal. La falta de libertad, digo.
- Gracias por su reflexión, señorita Bucay.

Me dio otro beso, pero largo. Me agarró desde la nuca y estuvimos así varios segundos. Fue hermoso. Hice varios chistes y ella acotaba una sonrisa de oreja a oreja que rápidamente cortaba con su habitual mueca de seriedad, como si no quisiera que yo supiera que la hacía reír.

Hacía varias horas que estábamos ahí y yo la estaba pasando muy bien. Y ella decía que también.

- Gracias, me hiciste pasar una de las mejores tardes en mucho tiempo. Me tengo que ir, chau.
- Esperá, ¿no me vas a pasar tu celular, nada? Estaría bueno volver a vernos.
- No entendiste nada, que lástima. Hasta siempre.

Me dio un tercer beso, pero esta vez en el cachete. Me abrazó y me regaló una última sonrisa antes de perderse para siempre entre taxis y colectivos.

Volví al bar a la mañana siguiente. Me pedí un Gin Tonic y me quedé leyendo Kafka hasta que la luna apareció.
Sabía que ella no iba a aparecer, pero necesitaba buscarla.

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