3/03/2013

Colectivos que no pasan y señoras que no saludo!



Ayer me enteré que falleció una señora que vivía doblando la esquina. La conocía de toda la vida, ya que cuando yo nacía ella ya estaba en este barrio hacía muchos años. Me contradigo si digo que, en realidad, no la conocía (salvo que conocer signifique “hola” y “chau” en la esquina a la hora de esperar el colectivo). Esto me deprimió. Tantos años y jamás supe quién era. Imagino que era una persona solitaria desde que su esposo murió, tantos años juntos de la mano y de un momento al otro despedirse no debe ser algo fácil de superar. Repito, no la conozco, pero estoy imaginando. Quiero tener una idea de aquella persona que jamás llegué a conocer. Nació en el mismo barrio que murió, en mi barrio. Hija de inmigrantes que buscaban paz. Le gustaba usar vestidos floreados y llevaba un bolso blanco para todos lados. Seguramente adentro guardaba una billetera de cuero y sus documentos, algunas pastillas recetadas para el corazón y chicles de menta. Solía tomarse el colectivo hasta la estación de Devoto y se sentaba a descansar y pensar sobre uno de los bancos del centro de la plaza. Pasaba muchas tardes en ese lugar, simplemente se quedaba ahí en silencio observando a la gente. Gustaba del silencio, le recordaba aquellas mañanas eternas tomando mate con el compañero de toda su vida, sin más sonidos que el de una sonrisa cuando sus miradas coincidían. No tenía hijos, por lo tanto tampoco nietos. Sin embargo siempre compraba una bolsa enorme de golosinas para repartirla entre los chicos que corrían y jugaban a la pelota de vereda a vereda. Ellos le agradecían de paso mientras seguían con su juego, ella les devolvía una sonrisa de amor inmensa. Tenía esas sonrisas que te hacen pensar que absolutamente nada malo te puede pasar. Le gustaba la brisa fresca por la tarde y el sol por la mañana. No encontraba atractivo al mar, prefería el aroma de las sierras. El aire puro le ayudaba a evitar la fatiga que sentía diariamente al caminar. No miraba tele, prefería prender la radio mientras se paseaba por la casa. Por la noche se recostaba y se tapaba hasta las rodillas, haga frío o calor. Prendía un velador ubicado en la cabecera de la cama, se ponía sus lentes y empezaba a leer hasta que el cansancio le ganaba y se dormía en esa misma posición. Desayunaba mates con facturas. Era una persona sencilla, noble y creía en dios a pesar de que la había decepcionado infinitas veces. A veces, en algunas ocasiones, se cruzaba a un muchacho, quién apenas la registraba con un leve saludo mientras seguía en su mundo de lentes de sol y música fuerte para evitar cualquier contacto. Ella lo saludaba amablemente y no lo culpaba por nunca detenerse, sabía que no era de maleducado ni nada por el estilo, simplemente alcanzaba con un saludo para saber que cada uno estaba bien y seguía en lo suyo. Nunca la conocí, pero la imagino así. Murió de un paro cardíaco, eso sí lo sé. Imagino que debe estar tomando mate con su esposo en algún lugar, sonriendo por el sólo hecho de cruzar miradas y quedarse mirándose fijo algunos segundos como dos adolescentes que recién empiezan a sentir el amor. Ella creía en ese lugar, muchas veces me lo quiso contar mientras yo pasaba apurado escuchando música y mirándola atrás de los vidrios oscuros. Nunca la escuché, nunca llego a decirme nada, pero sé que era así. Imagino que habrá encontrado la paz que tanto buscaba en aquella plaza cada tarde. Imagino que nos habríamos llevado bien si algún día hubiese frenado, me hubiese sacado los lentes y los auriculares y le hubiese dicho: “Buen día, señora. ¿Cómo está hoy?”.


1 comentario:

Die dijo...

qué linda puede ser la imaginación.

abrazo!