10/17/2012

El reflejo


Cuando era chico tenía un amigo imaginario que vivía en el espejo. Lo descubrí mientras ensayaba para una obra de teatro escolar, el reflejo empezó a actuar de manera dispar a como lo hacía yo. Fue entonces cuando todo empezó. "Hola", me dijo.

Aparecía en todos los espejos en los cuales me reflejara, me acompañaba a todos lados, me aconsejaba. Yo era un chico muy solitario por aquellos días, entonces disfrutaba de su amena compañía.

Me podía quedar horas hablando con él, hablábamos de muchas cosas. Estaba muy interesado en este mundo, ya que según él vivía "en otra realidad". Yo le contaba con lujo de detalles, aunque cada vez que indagaba acerca de la realidad en el interior del espejo se ponía nervioso y exclamaba "hay cosas que no quieren que te cuente".

Así fue hasta que un día no apareció más. Había anticipado que, cuando cumpla diez años, iba a desaparecer para siempre. Y así fue, a partir del momento en que cumplí diez años nunca más volvió por los espejos. Cada vez que me asomaba para ver si lo encontraba, sólo veía un reflejo mediocre, prisionero de todo movimiento que se me ocurra hacer.

Diez años pasaron de todo esto, mi adolescencia transcurrió normalmente justo con mi vida, al menos hasta ayer por la noche. Fui al baño a cepillarme los dientes antes de irme a dormir como toda las noches, sin embargo, al asomarme al espejo, volvió a aparecer. "Te extrañé, hasta que descubrí que me habías olvidado. Entonces te odié".  Me tiré para atrás del susto, el reflejo empezó a reír a carcajadas de alegría contrarrestando la realidad terrorífica que se estaba viviendo. Me abalancé sobre el espejo y, de un golpe con el puño cerrado, lo rompí. Los vidrios caían, la sangre brotaba por mi mano hacia mi brazo y, sin embargo, el reflejo seguía ahí riendo. Pero ya no era reflejo, no, ahora se encontraba atrás mío. Giré rápidamente y lo vi ahí, parado cara a cara. Era un tanto extraño, era un ser físicamente igual a mí aunque con una expresión totalmente diferente. Era una realidad que nunca había llegado a existir y que ahora había cobrado vida para vengar el olvido. Dejó de reír, dejé de tener miedo. Sin sacarle la vista de encima tomé un pedazo de vidrio roto y  se lo hundí en el cuello arrebatándole la vida y, junto con ella, su realidad paralela. Esa que nunca debió haber existido.

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