8/14/2017

Turbulencia

Siento los gritos. En realidad, los siento a lo lejos. Como si fuese que quedó una televisión prendida. Pero son gritos que vienen hacia mí. Dos manos que me zamarrean, una boca que balbucea que reaccione. No me puedo mover. Cinco pastillas de 2mg de Clonazepam son la causa. Lo sé bien, porque las tomé hace un rato. Lo que no sé, es por qué las tomé.

Quiero salir a la calle pero son las mismas manos y la misma boca las que me detienen. Me empujan a una cama, a un cuarto oscuro. Cierro los ojos pero siento cómo me salen lágrimas através de los mismos. Sueño con un cuarto oscuro, con que todo se apaga de repente. Me siento en paz. Me despierto y soy consciente del tiempo y el espacio. Pasaron más de treinta horas de sueño.

Otra vez otra discusión. Ignoro por qué. Me muevo lento, torpe. El cuerpo no me responde como quisiera. Estoy en delay. Las manos y la boca que me interpelaban se van. Me tomo las últimas dos pastillas que me quedaban. Salgo a la calle, me subo a un taxi. Llego a la casa de una chica. Es muy linda y de sólo verla me cae bien. Subimos a su departamento.

Empiezo a tomar gin con pomelo. Después del primer vaso sé que se viene el desastre inevitable. Algo en mí trata de avisarle, pero no puedo. La boca tampoco me responde. No sé dónde estoy. Quiero escaparme. No de ella, no del departamento. De mí. Le voy a pedir perdón algunos días después, aunque me ignore. Aunque me odie (y con razón). Le pido perdón ahora, que escribo esto ya sobrio y una semana después.

Es de noche, no sé dónde estoy. Está todo oscuro, como en mi sueño pero sin la paz. Me para la policía. Me revisa. Encuentra la tableta de Rivotril vacía. Unas preguntas. Me dejan ir. Sigo caminando. Siento que mis lágrimas van a formar un río en la General Paz. Siento que voy a terminar como el cuadro de Roxana.

Camino hasta San Martín. Camino costeando la General Paz. Siento el viento de los autos que me pasan por al lado y me tocan bocina. Sus luces iluminan mi noche. Me subo a un puente peatonal para cruzar al lado de Capital. Cuando estoy sobre el puente, cruzo la reja y dejo mis piernas colgando hacia la avenida.

Sé que si me tiro de esa altura no me pasa nada, algunos huesos rotos. Quizás si caigo de cabeza, pienso, tenga resultado. Quizás todo se apague como en mi sueño. Necesito que todo se apague. Pero no me animo. Vuelvo a donde sea que viva. A alguna casa. Voy de casa en casa.

Y despierto recién ahora, mientras escribo esto. Una semana después.

Con mucha vergüenza, pido perdón a cada persona que molesté o lastimé durante estos días de turbulencia.

Lamentablemente fueron muchas.

5/09/2017

Paisaje

El vértigo que siente una persona al mirar hacia el vacío no es el miedo a caer, sino el miedo a tirarse. Uno sabe bien, mientras camina por una pasarela por entre las sierras, que jamás podría caerse desde ahí por accidente, por asomarse un poco a mirar el paisaje. ¿Por qué el miedo, entonces? El miedo es a tirarse, a pegar el salto y caer al vacío. Desde ahí, seguramente, el paisaje se vería más lindo.

Desde chico que siento el vértigo cotidianamente. No se reduce sólo a precipicios, también lo siento cuando me asomo por el balcón de un cuarto piso o cuando espero que pase el tren o el subte por delante mío. Siento el impulso irrefrenable de querer saltar, de dar un paso al frente cuando escuche el rugido del motor y que la formación me pase por encima. Quedar despedazado en mil partes. Dejarle algo de verdad a este mundo.

Sin embargo, siempre me freno. Todo queda en el mundo de las ideas. El hecho de sólo pensarlo me genera una culpa indescriptible, que da paso a la angustia. Y es la misma culpa y la misma angustia la que me terminan frenando. No hacerlo para sentir culpa.

Bueno, creo que la culpa se me va agotando.

Quizás el paisaje se vea más lindo desde arriba. O desde abajo.

4/20/2017

Leí diez páginas de este blog seguidas. Quería leer algo verdadero, algo que me sienta identificado en esta tarde de jueves. No pude encontrar nada. Nada. Ni una palabra de verdad. Sentía que leía a otra persona, a alguien que no soy yo.

No sé si alguien sigue leyendo esta mierda. Pero no se gasten, posta. Lean otra cosa.

3/17/2017

Mensaje no enviado

Me angustié mucho por algo. Te quise preguntar, preguntarte si a vos te pasaba lo mismo. Pero el terror a molestar, a sobrar.

—¿Estás muy ocupada?
—Sí, estoy hablando para cambiar reales y con la abogada.
—Dale. Te hablo después.

Es casualidad. Hablamos todo el día, pero justo ahora no podés. Casualidad.

El mensaje nunca enviado.

¿Nunca te pasó de ver una foto tuya de chiquita y llorar? Sin saber por qué, simplemente llorar. Como si te diera verguenza mirar a tu yo de la niñez. Como si quisieras pedirle perdón.

Tengo ganas de tomar y de escribir.

Buen fin de semana para quien lea estas palabras.

2/20/2017

Promesas sobre el bidet

"Pablo:

Hoy es tu cumpleaños, y te pienso más que nunca. Se me había ido la costumbre de escribirte cartas, pero hoy siento que lo necesito. Pasaron diez años. Seguís siendo mi hermano mayor aunque tengo ocho años más que los que tenías vos cuando te fuiste. Por favor, tengo que dejar de usar analogías berretas. La palabra es muerte. "Desde que te moriste", sería la frase.

Hoy estoy triste. En el trabajo me están por echar, mi novio es un idiota que no sé qué quiere y la facultad cada vez me convence menos. ¿Viste esos días en que sentís que todo está mal? ¿Vos cómo te sentís? ¿Sienten algo los muertos? Necesito hablar con vos, Pablo. Necesito que me digas alguna palabra mágica que soluciones todo, como cuando éramos chicos.

Todavía me acuerdo del juego de pasarnos notas por abajo de la puerta. ¿Qué habrá hoy donde estaba tu habitación? Hace muchos años no voy a casa. No puedo. A mamá cada vez la veo menos. A papá nunca lo vi, ni vos tampoco. Pero eso ya no lo sabés. ¿Qué habrá hoy donde ayer estabas vos? Hoy no hay nada, Pablo. ¿Qué hay en la muerte, hermano? No hay nada más allá, ¿no?

¿A quién carajo le estoy escribiendo?

Te beso, a la distancia eterna.

Lucía".

#

Y mientras ella duerme, una nota se desliza por debajo de la puerta. Una nota que, en unas horas, le va a salvar la vida.

"Te prometo que todo va a estar bien".



12/15/2016

Un buen recuerdo

Cuando entraste al velorio me sonreí. Se me aceleró el corazón como a un nene que está enamorado de su compañera y ella se le sienta al lado. Te había dicho que no importaba, que no hacía falta que vengas.

—Quiero mucho a tu prima, quiero estar con ella en este momento.

Y yo quería que vengas, pero siempre tiro para el lado contrario. La abrazaste y lloraron juntas, después se sentaron y hablaron un rato largo. Se rieron. Me puso contento que mi prima pueda reírse en un momento así. Yo me senté cerca de ustedes. Hablamos los tres. Mi prima dijo que me iba a dejar el departamento el mes que se va de viaje, que le tenía que regar las plantas. Y vos hacés esos chistes que hacés siempre, y los tres nos reímos.

¿Se da por sobreentendido que las plantas se van a morir? ¿Todo lo que tengo que cuidar se muere?

Después nos quedamos solos. Yo me ataba las manos para no acariciarte. Y hablamos de nosotros. Me dijiste que estabas mejor, que fue buena decisión no hablar más. A mí me gustaba hablarte, pero me dijiste que te daba esperanzas y preferías que no. Te respeté. Me contaste que estás por terminar, que te falta un final y listo. Me puse contento. Te conté, en voz baja, lo que me pasó. El dolor en el riñón, los calambres en el estómago. Vomitar sangre. Te asustaste y me retaste. Te prometí que iba a ir al médico cuando los dos sabemos que no voy a ir.

Y se nos acabó el tiempo, así como así. Te acompañé hasta el auto. Revisé el agua porque me dijiste que sobrecalentaba. Te di un abrazo hermoso. Nos dimos un abrazo hermoso. Me mordía los labios para no besarte (vos también, me dijiste días después).

—Te quiero mucho, mucho —fue lo que te dije.
—Te amo y quisiera volver el tiempo atrás —fue lo que te quise decir.

Y te fuiste, acelerando por Juan B Justo. Yo volví al velorio, estuve un rato más.

A los pocos días me mandaste un mensaje, que me extrañabas mucho. Que una amiga tuya se recibió y estaba el novio, y que vos habías soñado mil veces con la escena de recibirte, y que en todas estaba yo ahí al lado tuyo. Yo te dije que me ponía contento haberte cruzado y vernos bien, que eso es lo que quería explicarte cuando terminamos.

—No quiero arruinar algo tan lindo, quiero tener un buen recuerdo tuyo —te explicaba, mientras vos me decías que no podías entender cómo apostaba todo a tener un buen recuerdo en vez de jugármela en el momento.

Y nos cruzamos, y fue hermoso. Sin rencores, sin frialdad. Fue amor puro, mi amor.

—¿Ves? Cuando se termina bien, pueden pasar estas cosas —te dije.
—Nunca se termina bien.
—¿Y nosotros?
—Hay algo que no se terminó. No sé qué es, pero no se terminó.

Y no nos volvimos a hablar.

11/11/2016

"Porro birra sube pepa"

Me lo dijo el Negro Gonza, una noche que estábamos escabiando en el Newbery, viendo un partido que jugaba el Laucha. Yo lo escuché al pasar, como escucho casi todo. El Negro era muy sabio en algunas cosas (es, no se murió, pero no lo veo hace mucho tiempo).

Entonces una noche, yendo a La Mágica, me acordé de esa secuencia. Habíamos colado media y estábamos muy bien ya, sí. Pero yo quería estar mejor. Entonces fumamos unas flores, fumamos más de lo normal. Y tomamos cerveza, más de lo normal. "Porro birra sube pepa". El Negrito tenía razón.

Esa noche tocaron Los Palmeras en La Mágica. La risa empezó porque, en la parte de arriba de Groove, un flaco alentaba y gritaba como si estuviera viendo jugar a Maradona. Y me empecé a reír, solo. Me reía y la risa se dilataba. Cada vez me reía más y más. Se lo mostré a los chicos, señalándolo, porque no podía ni hablar. Y se empezaron a reír. Se reían como yo, en la misma sintonía.

Me reí con toda la boca, me reí como no me había reído nunca en la vida. La boca se me abría hasta límites nuevos, sentía que se me iba a romper de tan grande que estaba. Y no podía parar de reírme, y los chicos lo mismo, y nos agarramos los tres porque no podíamos más. La gente nos miraba, la gente siempre te mira. Y no podíamos parar, estábamos ahogados. Fueron unos cuantos minutos de risa constante. De felicidad.

Esa noche empezó algo que dura hasta hoy. Nos sacamos una foto, los tres. De fondo se veían otras personas, entonces hice zoom sobre la cara de un flaco y la recorté. Se la mostré a los pibes y explotamos de risa otra vez. Todo era motivo de risas. Entonces, todavía hoy, cada vez que nos sacamos una foto miramos si alguien salió atrás y lo recortamos para que quede solo. Siempre hay alguien.

La escena de la risa se volvió a repetir. De hecho se sigue repitiendo. Cada vez dura menos, cada vez se apaga más rápido. En la vida me voy a olvidar de la primera vez, igual. Las primeras veces no se olvidan, dicen. En este caso aciertan. Me reí muchas veces, sobrio. Me reí hasta llorar. Pero nunca, jamás, me había reído como esa vez. Era el alma la que se reía, era mi espíritu riéndose a carcajadas, usando mi cuerpo como expresión. Y era tanta la risa que el cuerpo casi revienta.

A donde quiera que estés hoy, Negro querido, te abrazo. A la distancia. Porro birra sube pepa, Negro. Lo sé muy bien ahora. Vos también. Demasiado, quizás.

A bailar, vecinos. A bailar que se acaba el mundo...